viernes, 26 de agosto de 2016

A ROTURA DAS PAISAXES, DE XESÚS CONSTELA

         En esta novela, Xesús Constela, después de sorprendernos con 15.724 y con Apoteose das perchas, ambas de Xerais, nos pasma con esta novela en la que termina por romper todas nuestras defensas y llega a las últimas posiciones de los reparos literarios, pues nos demuestra que la máxima perfección en la forma es compatible con la gracia, la inteligibilidad y lo popular. A rotura das paisaxes es una obra muy fácil de leer en su complejidad, curiosa contradicción que pocos escritores saben resolver.

         ¿Qué se nos cuenta en esta novela? Es difícil de decir. Casi mejor, para animar a su lectura, recitemos la carta de los alimentos literarios que podemos ingerir, sin abandonar el pasmo de principio a fin.
Nos encontraremos con un pueblo sumergido en cuyo cementerio no hay ni cadáveres, pero sí una carretera repleta de cangrejos muertos; con un fideo rebelde que organiza la revolución entre sus compañeros que van a entrar a la cazuela; con un misterioso papel que aparece en un bolsillo, en francés, con una cita de Toulouse Lautrec; con extraños portafolios, dentro de los que hay escritos de un tal Xesús Constela, que aparecen en los lugares más insospechados por donde pasean dos caminantes forgianos: la caseta de los socorristas de la playa, un tronco, una roca, incluso flotando sobre las aguas; nos encontraremos con una planta de tomates en la que aparecen flores maravillosas cuyos cálices tienen forma de caballitos de madera, de bombas, de fusiles, recuerdos todos de paisajes ya pasados; con una llamada telefónica oficial, programada para matar a quien escucha al otro lado de la línea, una forma oficial de acabar con el problema del paro; con un hombre que pasa toda la vida leyendo un cuento asesino, sí, han leído bien, un cuento asesino; con angelotes de famosas pinturas renacentistas que se rebelan contra su condición de meras copias y que organizan una revolución sorpresiva contra el dueño falsario; con un juez que, al levantar un cadáver, se pregunta el porqué del silencio de las plantas del jardín, testigos del crimen; con un asesino que pide pizzas por teléfono para comerlas y arrojar a su cerdo Zeppelín los cadáveres de los empleados del reparto; también nos encontraremos con dos caminantes forgianos que recorren la playa de alto a bajo, y hablan idiomas que nunca estudiaron, y recitan como doctores partes de la historia que nunca aprendieron, y exponen concepciones filosóficas nacidas de su ciencia infusa; con un fin del mundo causado por la voluntad asesina de un fuego divinizado, harto de que los humanos tomen su nombre en vano, y la vuelta al paisaje primigenio, a pasar frío, a temer a las fieras, a inventar el fuego; con la animada charla de los vehículos abandonados en un desguace, contada en formato de guión cinematográfico; con una historia de guerra sin bombas ni escaramuzas, sino repleta de soledades y abandonos, narrada en el viejo tiempo verbal que aprendimos en la escuela, el potencial; con la historia de un asesino que mataba animales porque lo miraban fijamente a los ojos; con  el mal de un muchacho que preocupaba mucho a los padres y que, gracias a una resonancia magnética, descubrieron los neurólogos que se trataba de un peligroso brote de inteligencia; también una ciudad que no se puede encontrar, rebozada en versos y fotografías de danzantes de película; una mujer que colecciona aeropuertos; un viejo que siempre decía, antes de marchar, que iba a caminar sobre las aguas; leeremos el monólogo de una vieja asesina de viejas, muy honrada, eso sí; sabremos de una fuga extraordinaria de un presidio del Estado Novo del régimen de Salazar, en 1954 y, por último, escucharemos leyendo, como lo oyen, una sonata con todos sus elementos musicales,  transcrita en puros versos, versos de música acuática —onde vai, amor, o sol cando se deita no mar?—, toda una sinfonía de beixos, y un frenesí de percusions, que al final termina en la siguiente coda: Os corpos dos dous amantes fican unidos para sempre no pentagrama escuro do mar. Este es, casi, el último paisaje roto.
         Y todo esto, ¿qué nos dice? Pues, según mi leal saber y entender, que tantas veces se aleja de las previsiones de los autores —porque una vez que ellos han parido la criatura es de todos—, estamos ante una farrapeira de imágenes, cuentos, poemas e historias que ponen en duda la fiabilidad de lo tangible. Los dos caminantes leen en un ir y venir metaliterario por la playa, como corresponde a dos buenos y obedientes personajes, aunque un tanto hartos y críticos con su autor, las obras de este y, hablando, hablando, llegan a la conclusión de que la clave está en las palabras de Toulouse Lautrec que uno de ellos se saca del bolsillo, escritas en un francés que nunca antes había estudiado: Seule la figure existe, e que le paysage est et ne doit être; lo cual dicho en galego cotidiano viene a significar: que soamente existe a figura, e que a paisaxe non é nada máis ca un accesorio, un medio para comprender o carácter da figura, ou algo semellante. En fin, estamos ante una obra que nos permite huir de lo accesorio, que resquebraja los paisajes de lo cotidiano, y que nos eleva a la más alta esfera poética y literaria.

Tras esto, poco más hay que decir salvo que, para quien no lo sepa, Cunqueiro, ese señor de Mondoñedo, murió hace tiempo. ¿Y qué nos quiere usted decir con eso?, pues que tras comer los platos que nos ofrece Constela, no podemos reprimirnos y gritamos a la mar como el personaje de la portada: ¡Bienvenido de nuevo, don Álvaro! ¡Por fin ha retornado usted a las letras gallegas!

1 comentario:

  1. Abraiado, don Javier. No tengo palabras para sus hermosas palabras. Gracias,gracias y gracias.

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