viernes, 3 de marzo de 2017

¿QUÉ PENSAR DE UNA POESÍA QUE NO HAY CRISTIANO QUE LA ENTIENDA?


Esto decía en 1995 el gran escritor y poeta gaditano FELIPE BENÍTEZ REYES
Me ha quitado las palabras de la boca... Claro que yo no habría sabido decir lo mismo con tanta maestría. Lo copio porque no tengo arte suficiente como para comentar este artículo.

LA DIFICULTAD DE LA POESÍA ...


Felipe Benítez Reyes 



  Si un urbanista concibiera una ciudad de calles onduladas, señales de tráfico con 
jeroglíficos  engañosos,  cuestas  mortales  y  fosos  con  dragones,  posiblemente  sería 
tomado  por  un  insensato,  porque  cualquier  ciudadano  lo  que  menos  necesita  en  este 
mundo son obstáculos caprichosos. 
  Si un poeta afirmara que la verdadera poesía ha de entrañar alevosas dificultades 
para el lector, no estaría del todo claro, sin embargo, que se le juzgase tan implacable y 
expeditivamente   como   al   urbanista   majadero.   ¿Por   qué   razón?   En   principio, 
naturalmente,  por  la  repercusión  social  que  suscita  el  urbanismo  frente  al  desairado 
papel  social  que  cumple  la  poesía,  pero  también  porque  mucha  gente  que  escribe 
considera un mérito artístico el hacerse pasar por brujo misterioso y porque mucha que 
lee  se  resigna  a  sospechar  que  el  escritor  sea  propietario  de  un  extraño  cerebro,  cuya 
actividad  se  refleje  en  productos literarios de intrincada oscuridad y no menos oscura 
accesibilidad. (Curiosamente, un buen parte del gremio docente se encarga de perpetuar 
esta pintoresca superstición.) 
  Hay quien defiende la necesaria condición hermética del poema para asegurar su 
eficacia  estética,  como  hay  quien  defiende  la  autoflagelación  como  método  para 
alcanzar el goce. Lo que parece claro, en cualquier caso, es que un poema no debe ser 
hermético por voluntad sino como mucho por inherencia. 
  Si se concibe el poema como un mecanismo de significaciones herméticamente  
cerrado a la comprensión del lector, en principio habría que meditar un poco –y calibrar 
no menos- si tales significaciones merecen un recipiente  de características tan extremas 
y compactas, porque elaborar envoltorios endiablados para camuflar obviedades podría 
acabar  siendo  algo  muy  parecido  a  asignar  a  Pero  Grullo  el  papel  de  esfinge  o  a 
construir basílicas para usarlas luego como perreras municipales. 

  Por otra parte, si lo que procura es un acercamiento expresivo a lo inefable, el 
resultado  que  cabe  esperar  no  es  otro  que  el  de  que  lo  inefable  deje  de  serlo  gracias 
precisamente a la efectividad expresiva del poema. “Expresar lo inefable” a través de un 
discurso  incomprensible  tiene  más  o  menos el mismo mérito y la misma utilidad que 
responder en latín la pregunta de un esquimal. 
  Un poema –un buen poema- puede ser expresivamente complejo –incluso más 
de lo prudente-, pero no puede resultar incomprensible para los servicios de espionaje 
de la emoción o de la inteligencia del resto de los humanos, ya que cualquier cosa que 
merece ser entendida acaba siendo entendida. En caso contrario, podemos comenzar a 
sospechar  que  nos  hallamos  ante  un  mero  galimatías,  cuyo  equivalente  en  lenguaje 
jurídico sería estafa. 
  Habría que recordar, con todo, el muy citado verso de Archibald McLeish: “A 
poem should not mean but be.” Es mérito y privilegio de la poesía, afectivamente, el no 
tener  que  atenerse  a  una  secuencia  intelectual  o  emocional  lógica:  lo  imprevisto,  lo 
inconexo,  lo  inextricable  o  incluso  lo  insensato  puede  jugar  a  su  favor  por  vía  de  la 
extrañeza, ya que el poema, obstinadamente, por un camino o por otro, va a lo suyo: a 
convertirse  en  una  unidad  de  lenguaje,  de  tono  y  de  sentido,  con  el  único  fin  de 
conmover de algún modo al lector. 
  Un  poema  puede  expresar  “emociones  sin  nombre”  gracias  a  una  armónica, 
caprichosa y afortunada reunión de elementos verbales (pienso, por ejemplo, en Wallace 
Stevens  y  en  Emily  Dickinson  y    prefiero  no  acordarme,  por  ejemplo,  de  Salvatore 
Quasimodo o de José Lezama Lima), porque realmente no se puede quitar mérito a la 
capacidad sugestiva del lenguaje  por el lenguaje: la poesía esencialmente verbal no es 
una  vaga  posibilidad  teórica,  afortunadamente  para  la  variedad  del  género  poético  y 
para los discípulos de María Zambrano. 
  Ahora bien, si un  poema aspira a basar su efectividad en el poder de la palabra –
elevada a algo así como a un rango mágico-, hay que tener en cuenta algunas cosas. En 
principio, si bien las secuencias verbales aspiran –ten desgraciadamente en ocasiones- a 
la creación de un estilo –ese punto de partida que a veces se confunde con la meta-, el 
estilo, por su parte, no deriva necesariamente en verdadera poesía, porque un poema se 
hace  con  palabras,  pero,  por  mucha  vocación  de  estilo  que  tengan  y  demuestren,  las 
palabras no son poesía, por la misma razón por la que un caballo es indudablemente un 
caballo, pero no es la equitación.   Intentar desentrañar un poema innecesariamente críptico –una verbalista pirueta 
de estilo, por ejemplo-viene a ser como seguir una fórmula matemática con todos los 
elementos equivocados: un quebradero de cabeza que puede conducir a una aberración 
aún mayor –generalmente en forma de glosa. Puede ocurrir también que si llegásemos a 
desentrañar  los  caprichosos  laberintos  de  un  poema  artificialmente  críptico,  nos 
hallásemos ante una bagatela vestida de seda. 
  Como norma general, que afecta menos al sentido literario que al sentido común, 
el mérito de un poema no es hacer difícil lo fácil –dicho así, de cualquier manera-, sino 
más bien todo lo contrario: poner en claro un algo que incluso pudiera ser en principio 
endiabladamente  enrevesado  a  niveles  conceptuales  o  emocionales.  Lo  contrario  es 
como construir un laberinto para acceder a un cuarto de baño. 
  Por  lo  demás,  la  complejidad  técnica  en  que  puede  basarse  un  poema 
perfectamente inteligible en una primera lectura no tiene por qué ser menor –ni mucho 
menos- que la que evidencie un poema que en una primera lectura nos parezca escrito 
en la lengua del demonio. 
  Según nos ilustra con obstinada frecuencia la historia de la poesía, un poema no 
consiste  tanto  en  una  impresionante  exhibición  de  palabras  como  en  una  sucesión  de 
palabras invisibles, como invisible suele ser el estilo: un artefacto transparente en que no 
se  advierte  la  manufactura  ni  el  ruido  de  su  mecanismo.  Porque  los  buenos  poemas, 
como los buenos relojes, parecen carecer de tictac... a menos que nos los acerquemos al 
oído.   A   menos,   en   fin,   que   analicemos   concienzudamente   su   funcionamiento, 
destripando un reloj o desmenuzando unos versos, tanto da. De ese modo aparecerá al 
desnudo  al  entramado  técnico:  el  lado  de  artificio,  de  truco,  de  habilidad.  Pero  la 
verdadera  poesía  que  puede  contener  un  poema  no  respeta  necesariamente  una 
proporción directa con la mayor o menor complicidad de su entramado técnico, sino con 
la  capacidad  de  funcionamiento  de  ese  entrado  técnico.  (Lo  cual  implica,  entre  otras 
cosas, que tan complejo y emocionante pueda ser el más gongorino de los poemas de 
Góngora como una traducción de cuarta mano de un poemilla de Li Po.) 
  Hablando  en  general,  podría  afirmarse  que  la  poesía  lleva  mal  los  disfraces 
estilísticos.  Claro  que  todo  buen  poeta  es  fatalmente  dueño  de  un  estilo,  pero  en  los 
buenos poemas no se suele evidenciar la esforzada voluntariedad de un estilo, sino la 
ineludible marca de una personalidad estilística. 
  No es un auténtico estilista el poeta que hace alarde de estilo, sino el poeta que 
sabe valerse de un estilo para conseguir un fin que no es desde luego el estilo en sí.   El  estilo,  en  todo  caso,  debe  ser  el  gesto  natural  de  un  carácter,  no  la  forzada 
expresión  de  una  mueca.  Adoptar  un  estilo  voluntariamente  complicado  resulta  tan 
razonable como inventar un sombrero al que hubiera que dar cuerda antes de ponérselo: 
una molestia inútil –y un seguro motivo de risa para todo el vecindario posiblemente. 
  La complejidad o dificultad de un poema, en definitiva, no debería constituir en 
principio un dato de valoración para el lector, ya que un buen poema es, al margen de 
todo lo demás, precisamente eso: un buen poema, sea cual sea su grado de complejidad 
o de diafanidad. 
  Con todo, no es un prejuicio desdeñable el que nos hace desconfiar de todo aquel 
poema contemporáneo expresado de alambicada manera, con un lenguaje de naturalidad 
violentada. Y no está mal el cultivar ese prejuicio siquiera sea para contrarrestar ese otro 
extraño  prejuicio  actual según el cual la gran poesía debe consistir en una galimatías 
negador  de  la  sintaxis,  de  la  sensatez  y,  si  me  apuran,  de  la  inteligencia  que  cabe 
suponer a los lectores.  
  Por querer hablar con la voz de los dioses, muchos poetas actuales han acabado 
por expresarse en una especie de jerigonza comanche. Por  querer impostar la voz del 
oráculo,  han  acabado  convirtiéndose  en  fabricantes  de  adivinanzas  irresolubles.  Por 
querer  ser  paladines  de  la  modernidad,  en  fin,  han  acabado  por  formar  una  secta  de 
fanáticos,  agarrados  a  un  crucifijo  diseñado  por  Octavio  Paz  –o  por  su  sucedáneo 
hispánico, José Ángel Valente. 
  Lo  que  le  parece  estar  más  o  menos  claro  es  que  la  conciencia  estética  de  la 
modernidad va vestida de paisano, porque se sentiría ridícula con disfraces solemnes. La 
del  poeta  iluminado,  con  ojos  rasputinescos,  es  ya  una  imagen  afortunadamente 
anacrónica,  por  más  que  sea  hoy  muy  cultivada  y  presentada  como  la  representación 
más radical de lo moderno, 
  Que algunos aficionados a la poesía consideren a algún que otro autor como un 
brujo  clarividente,  pase.  A  fin  de  cuentas,  hay  también  gente  que  tiene  por  héroes 
nacionales a los deportistas y por seres sobrenaturales a los oteros. Pero que un poeta se 
considere  a  sí  mismo  un  depositario  y  transmisor  de  conocimientos  nunca  vistos  ni 
oídos, de fuegos sagrados y de abracadabras líricos es ya cosa de tomar a broma. Como 
a  broma  tomaríamos  a  un  guardia  municipal  que  se  atribuyese  el  papel  histórico  de 
Napoleón. 

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