lunes, 3 de abril de 2017

Una gran pesca para la novela histórica: "El hombre pez", de José Antonio Abella

         Se ha atrevido José Antonio Abella a poner letra y música novelística a una leyenda cántabra, quizá la más enraizada de su folclore, documentada y entrañable: El hombre pez, Valnera Literaria 2017

         Una maravilla, en palabras del mismo autor, que nadie hasta ahora haya tomado sobre sus hombros el encargo que la Historia parecía reclamar desde hacía largo tiempo. Pues bien, le ha tocado a este médico burgalés afincado en Segovia aceptar el reto de Clío. Porque estamos ante una auténtica novela histórica, basada en unas fuentes indiscutibles —Benito Jerónimo Feijoo, nuestro primer ilustrado que no tenía costumbre de escribir sobre niñerías, y otras más, documentales y testimoniales, constatables— que el autor ha seguido con fidelidad casi científica, y a las que le ha añadido pimienta, es decir, imaginación creativa. Esto de la imaginación creativa —muy diferente a la imaginación pergeñadora de peripecias— es importante porque la dificultad de enfrentarse a la figura de Francisco de la Vega, el personaje central, radica en el relleno de su travesía desde Cantabria a Cádiz, en los secretos de su personalidad y en el marco en el que se desarrolló su vida, de todo lo cual nada nos concreta la Historia, y ha de ser complementado por la imaginación del novelista, que trabajará para llevar al lector una idea cabal de personajes y de hechos. Su labor consiste, precisamente, en plasmar cómo pudo haber sido la historia. Y lo consigue al ciento por ciento pues, yo por ejemplo, que siempre me consideré bastante informado sobre la leyenda, he podido conocer por fin quién era y cómo era Francisco de la Vega, y por qué actuó como lo hizo y no de otra manera; en definitiva, que no había sentido al personaje hasta que he leído esta obra, aunque como aficionado a los repliegues de la historia y las leyendas de Cantabria, este Francisco me ha sido siempre muy querido, como un abuelo del que lo sabía todo, pero no conocía nada… hasta ahora. Es decir, que ha logrado emocionarme, función última de la literatura, que no debe pretender sólo entretener. Pero resulta que esta obra entretiene, aun sabiendo todos cómo acaba. Se trata de una novela de crecimiento con notables guiños al más puro clasicismo, en la que se nos facilita un viaje en el tiempo por abducción, sin cicerone, gracias a un lenguaje literario que simula a la perfección el habla de la época —en esto me recuerda la inmortal obra del gaditano Fernando Quiñones, pues en novela histórica no hay que hacer que los personajes usen el lenguaje antiguo, sino imitarlo con palabras presentes, que es lo difícil y lo que logran las maestrías tanto de Abella como del mentado gaditano—. Cuando leemos la carta de fray Juan Rosende, o la respuesta del arzobispo Fernández de Isla, o los diálogos pícaros de unos y otros personajes, estamos escuchando la pluma de Cervantes y contemplando las peripecias de Lazarillo. Hay mucho Cervantes en el fondo cultural —sospecho que de enorme calado— del autor. Pero no es sólo el uso del lenguaje lo interesante de esta novela, sino alguna innovación que introduce en la narrativa histórica patria, tan deslavazada por los amantes de la peripecia y la aventura de escasa calidad. En primer lugar, trata las fuentes con gran rigurosidad, e incluso se permite aventurar sin decirlo expresamente, tesis contrarias a las que dominan en la historiografía habitual, como es el caso de las hipótesis del doctor Marañón, de las que el texto se separa. En segundo lugar, enmarca el ambiente histórico sin integrarlo en la trama con falsos didactismos pues, cuando nos refiere el marco dinástico o el ambiente económico, o hechos históricos de lo más variado, lo hace como en un paréntesis que se acerca mucho a los fraccionamientos típicos de la llamada nueva novela histórica latinoamericana, con Fernando del Paso a la cabeza. En tercer lugar, introduce una batería infinita de recursos poéticos, demostrando que la buena prosa no es ajena a la lírica, y que las fronteras entre uno y otro género no son, ni mucho menos, fijas y estables. El objetivo de la literatura, y más específicamente de la narrativa histórica es el de informar, entretener y persuadir —animus movere, como decían los retóricos—, y la novela El hombre pez , de José Antonio Abella es generosa en estos tres componentes. Bienvenido, pues, a los —hoy por hoy— débiles arenales de la nueva novela histórica patria, pero que irán fijándose poco a poco al terreno con aportaciones de aluvión como la que se nos ofrece con este magnífico relato. Dicho de otra manera: mientras el pelotón de las novelas históricas —de pésima calidad la inmensa mayoría—, que hoy circula por este río devorador de la literatura histórica comercial y que desembocan, por necesidad natural, en el olvido, El hombre pez permanecerá anclado a los marjales y recodos de un nuevo hacer literario, con escamas aún de pescado siempre fresco. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario