viernes, 5 de mayo de 2017

LA ESTELA DEL CARTÓGRAFO: FRAGMENTACIÓN, VEROSIMILITUD Y BASE HISTÓRICA

         Tanto la fragmentación del texto novelístico como la verosimilitud basada en el detalle son elementos distintivos de la Nueva Novela Histórica.

         Fernando del Paso, paradigma magistral de esta corriente literaria, en su novela Noticias del Imperio —a la que podemos considerar el prototipo de la nueva forma de novelar— hace gala con creces de estas técnicas y, digamos, las consagra. Así, junto a un monólogo sin fin de la emperatriz Carlota, que se presenta en capítulos alternos, nos regala retazos epistolares, diálogos memorables entre Juárez y su Secretario, monólogos de aquel, extraordinarios relatos sermocinados en forma dialogal, como el de Ni con mil avemarías, o Camarón, camarón y auténticas narraciones históricas noveladas, como el sitio de Puebla, entre otros muchos materiales sueltos y unidos a la vez, descentrados de una trama, pero centrados en un hilo conductor de conjunto: la caída del imperio Mexicano, con un marco único cohesionador que es el citado monólogo de Carlota. Tras la lectura de todos estos fragmentos, en los que la fantasía de las diversas tramas, minuciosa y desbordante, se une con la detallada descripción de la historia, se adquiere una visión de conjunto palpitante y real —aunque la dosis de ficción y recreación histórica sea enorme—, sin que la realidad desmerezca y sin que esta anule la literariedad del texto.
         Fragmentación, pues, es un término relacionado con la división en elementos narrativos, la separación caleidoscópica del contenido; podríamos hablar de masa narrativa, que es proporcionada por múltiples instrumentos que se suman entre sí y, a la vez, multiplican la comprensión del período. Porque, ¿cómo unir todos estos elementos en una trama? Sería imposible, presentaríamos una secuencia mastodóntica en su volumen y carente de tensión narrativa por tantos datos históricos como tendríamos que insertar en la novela. Por eso períodos históricos completos, grandes acontecimientos que requieren su contemplación desde mil focos diferentes son muy difíciles de integrar en una mera trama novelística. Y, como no es la anécdota histórica que le sucedió a nuestro protagonista putativo —quizá el hijo del espolique del palafrenero de Maximiliano—, sino al mismo Maximiliano, a la mismísima Carlota y al auténtico Benito Juárez, como personajes vivos y palpitantes los que queremos reflejar, no podemos conformarnos con el relato novelístico en una sola trama. Debemos fragmentar la historia y la ficción en mil tramas complementarias.
         Dicho lo anterior, marco obligado cuando nos referimos a la Nueva Novela Histórica, que insistimos, tiene una cresta montañosa, un Himalaya difícil de superar, cual es Noticias del Imperio, analicemos la humilde serie del Cartógrafo de la reina, de Javier Tazón —El Cartógrafo de la reina, Las rutas del norte, El mapa perdido y La estela del Cartógrafo reciente mente publicada por Librucos, con la que se cierra la tetralogía.
         Si bien en la primera novela, El cartógrafo de la reina, nos encontramos con un relato lineal —pues el autor desconocía la técnica de la fragmentación cuando lo escribió, hay que reconocerlo—, se produce un salto narrativo pues los últimos capítulos (Lope de Haro, Caramasí, Morirá un día antes… y Morirá un día después) suponen una ruptura de la narración anterior, en primera persona, pues se hace necesario que un testigo cuente cómo fue la muerte del Cartógrafo en la selva de Turbaco. La siguiente novela, Las rutas del norte, fue el antecedente narrativo —secuela se dice ahora— del Cartógrafo de la reina, lo que ya de por sí es una forma de fragmentación. Pero es en El mapa perdido cuando se consolida esta técnica de cuartear la historia, pues no tenemos una sino tres novelas en una: El mapa de tierra firme, en la que se narra el extraordinario y poco conocido segundo viaje de Colón, El dado de marfil, centrado en los trabajos del Cartógrafo en Portugal y su relación con Vespuccio, y La Galera de Zamba, donde se nos da cuenta del también desconocido viaje en solitario, el único que realizó Juan de la Cosa. Todos estos hechos históricos, de haberse introducido en una novela única, habría dado como resultado un todo ilegible por su amplitud y, lógicamente, por su desquiciada trama, pues los hechos múltiples y portentosos de la vida del marino habrían tenido que embutirse en la peripecia a la fuerza, sin dejar espacio posible a la ficción con lo que la novela se habría plagado de didactismo de mínima calidad literaria. Pero, además, entre novela y novela se introdujeron cinco epístolas con la finalidad de establecer puentes entre los tres relatos, documentos que, en principio, nada tenían que ver con las diversas tramas, sino que actuaban como cemento narrativo cohesionador.
         Por último, pasados seis años desde que el autor pariera al personaje, sale al mercado, publicada por Librucos, la cuarta novela: La estela del cartógrafo. En ella la técnica de la fragmentación se lleva a sus últimos extremos, pues se establece un hilo de unión entre todos los relatos, una especie de hilván narrativo, que es la búsqueda de datos sobre el Cartógrafo por parte de François Founier, secretario de Humboldt, aparte de la cual se ensartan cuentas al rosario narrativo que, en principio, no tienen nada que ver las unas con las otras pero que, en su conjunto, dan idea fiel de cómo era Juan de la Cosa y su importancia histórica. Así, se nos habla de la más que probable presencia del Cartógrafo en la Batalla de La Mina, en Guinea; de la rocambolesca aparición del mapa de 1500; de la presencia árabe en el Descubrimiento, y de la figura de Lullio;  de la vida en el Palos de la época; de la persecución del pirata santoñés Juan de Granada Vizcaíno; de los viajes más que probables del Cartógrafo en Inglaterra y en los caladeros de Terranova; de la reconstrucción de las conspiraciones genovesas y florentinas en España y Portugal del Siglo XVI, de tinte más bien mafioso; de las quejas del protagonista por el mal trato recibido de la hacienda real; del funcionamiento de la Inquisición; de la importancia del observatorio de La Rábida—Cabo Cañaveral de la época en la España de los Reyes Católicos—, y hasta de la presencia del mismísimo Juan de la Cosa en la exposición del Ayuntamiento de Santoña en 2010. ¿Quién habría podido integrar todos estos elementos, y muchos más que contiene la novela, en una trama única con planteamiento, nudo y desenlace, sin convertir el texto en un tratado narrativo carente de garra literaria?
En todos estos relatos aislados y coordinados, se trabaja con intensidad la base histórica minuciosa y documentada —lo que realmente sucedió, pues las crónicas de la época abundan en todo tipo de detalles, como es el caso de La Guerra de Granada de Alonso de Palencia—, al tiempo que se dispara la imaginación, con gran número de detalles imaginados, dentro del concepto de lo que pudo haber sucedido, patrimonio del literato más que del historiador.
Lo cierto es que estos dos elementos: el histórico y el ficcional se interpenetran en este tipo de novelas, haciendo que el abundante dato histórico haga más verosímil lo ficticio y, a la vez, que la minuciosidad de lo inventado haga más digerible y creíble la historia pura que se nos narra.
En definitiva que estamos ante una novela —La estela del Cartógrafo—, o ante un conjunto de novelas si englobamos la tetralogía completa, que en lo tocante a fragmentación y a el tratamiento de la verosimilitud, sigue los pasos de la obra de Fernando del Paso, Noticias del Imperio, aunque, claro, como modesto epígono y a título de homenaje, pues cuando se escribe y la sombra de los maestros se posa sobre nuestro texto, aunque sea de manera tangencial y relativa, el escritor ha de sentirse honrado.

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