jueves, 1 de junio de 2017

RECUERDE EL ALMA DORMIDA. UNA NOVELA DE EXCEPCIÓN, DE RAFAEL ÁLVAREZ AVELLO

Vi la novela en el bosque de la Feria del Libro de Madrid cuando, por casualidad, atraqué en la caseta de  la librería Los Editores donde, a la derecha del expositor, reposaban los libros de la editorial La Huerta Grande, algunos de los cuales ya conocía; de que existía una novela titulada Recuerde el alma dormida, tenía noticia por haber oído hablar de ella a un amigo de Santander.

La tomé, la escudriñé en una rápida cata y la compré porque me sorprendió que estuviera escrita en segunda persona, rara ave en nuestra literatura patria actual; además aquella prosa parecía coherente desde el punto de vista estilístico, e incluso detecté a primera vista un fuerte componente lírico y un sí es no es de experimentación al final, con introducción de diálogos de esquema teatral. La compré de inmediato. Esto sucedió el pasado lunes 29 de mayo, y comencé la lectura en el tren que me devolvía a casa. Una página bien, dos, tres, un capítulo y satisfecho, había realizado una buena compra, pero debía de ser prudente pues el ansia por descubrir a un gran autor suele perderme; dos capítulos, tres y la tensión narrativa aumentaba y la excelencia de la novela era ya evidente; aún así debía de ser cauto y no echar las campanas al vuelo antes de tiempo. El martes 30 ralenticé la lectura para disfrutarla mejor y comencé a leer en voz alta, rara deferencia hacia el texto que tenía en las manos, pues sólo lo suelo hacer cuando la obra merece la pena; es una manera de darle placer a mi oído degustando el ritmo del lenguaje. Pero el miércoles 31 no pude más, la prosa de Rafael Álvarez Avello me arrastró y terminé por leer de un tirón… Llegué al final y me sentí emocionado: había palpitado con el narrador, el viejo; había disfrutado de su filosofía de la vida y la muerte tan callando; había conocido las peripecias del protagonista don Jorge Manrique, con sus contradicciones, con su llegada al tiempo que fenecía; había paseado por la mente de Isabel de Castilla, río caudal, que también fue personaje en alguna novela mía; había palpitado con las enseñanzas de María la Alta y había olido sus faldas y su regazo; me había admirado con la Granadina de cuanto se me contaba; me había enfurecido con don Rodrigo Manrique; había participado en sus mesnadas como un caballero más y había asistido, ojos abiertos, desmesurados, a aquella confluencia de ríos en la mar, que es el morir. Un final redondo como pocos. Por último, leí y declamé las Coplas del anexo, nuestras vidas son los ríos…, y comprobé que aún podía recitar de memoria, como en mi infancia, pero ahora con la solvencia de disfrutar cada palabra con las imágenes que la novela generara en mí. Todas las expectativas se habían cumplido.
Hasta aquí la impresión como lector. Ahora las preguntas que se debe hacer cualquier critico. ¿Me he sentido transportado a un mundo nuevo?, o ¿de qué defectos adolece una obra que me ha dejado indiferente?, en definitiva, ¿ha cumplido la novela que acabo de leer con la obligación de cualquier obra artística, que no es otra que la de emocionar? Y, si la respuesta a la última pregunta es positiva, ¿qué artificios se utilizan en la novela para impresionar a un lector encallecido como yo? Es evidente que me ha emocionado. ¿Por qué?
En primer lugar por el tema, entre histórico y poético, entre filosófico y vital: la impermanencia de la vida y la relatividad de todos los conceptos aprendidos. Es tan común este asunto a la existencia humana que el lector no puede sino identificarse con el narrador y con el resto de personajes.
En segundo lugar por la estructura en formato de diálogo-monólogo con narratario silencioso y narrador que entremezcla el presente con el pasado, el pasado con la filosofía práctica de la vida que concluye, y el presente con el misterio de quién sea la extraña interlocutora que tanto ríe. El lector se siente ensartado como una mariposa pinchada en alfiler a la trama que se le muestra, clavado queda a las interpelaciones que el viejo hace a la granadina. Esta inmediatez y fuerza de verosimilitud que sólo puede dar la segunda persona narrativa es, quizá, el primer valor de la novela, máxime cuando la ramplona narrativa patria nos ofrece un tan alto porcentaje de novelas escritas en primera, por desconocer la gran masa de autores las excelencias literarias que pueden alcanzar con este recurso tan extraño, pero tan impactante, como es la narración en segunda persona. ¿Cómo no creer cada una de las palabras que con su voz temblorosa, enfadada a veces, nos cuenta este buen señor, el Viejo, que al final sabemos se llama Juan Manuel? Sin embargo, para la legión de autores bestsellerados, resumidos y mediocres, escribir en segunda persona resulta tan difícil como hacerlo en arameo.
En tercer lugar por el lenguaje, tan actual, tan llano, pero al tiempo envejecido, mimetizado con la época desde la que se narra. Esto lo pueden hacer pocos escritores. Unos lo envejecen artificialmente con introducción de vocablos extravagantes y fuera de uso, otros hacen hablar a los personajes como actores de obras de Tirso de Molina, y los hay que prescinden de todo formalismo y ponen en boca de aquellos un habla ramplona y tirada pues, como lo quiere el vulgo… En este caso, sin embargo, se ha preferido una redacción con palabras actuales, pero avejentadas por el estilo mismo del narrador, por su personalidad rebozada en su propia filosofía, necesariamente medieval. Envejecer el lenguaje y poner al lector en situación, con palabras al uso, es muy difícil de lograr. En Recuerde el alma dormida, sin embargo, se alcanza el objetivo con creces.
En cuarto lugar, porque se mezcla Historia con  personajes hasta tal punto, que se hace de trama y hechos constatables un todo indiviso. No es que aquellos deambulen por la Historia, como es usual en las actuales novelas, que parecen turistas japoneses visitando ruinas antiguas, sino que se integran en ella, se hacen inseparables de la misma. ¿Cómo puede entenderse que unos hechos históricos tan conocidos por el lector puedan llegar a emocionar? Porque la verosimilitud del personaje refuerza la verosimilitud histórica y viceversa, de forma que Historia y ficción forman un todo. El lector no ve los hechos ni como fueron ni como pudieron haber sido, sino como son, a tiempo real, que se dice ahora; se nos obliga, en fin, a viajar en el tiempo. Para ello, es imprescindible que el escritor tome a los personajes de los libros, en este caso Isabel o Rodrigo, Enrique IV o Juan II, o al mismo Jorge Manrique, y los eleve —o rebaje— a la categoría de seres humanos, los haga, en fin, digeribles. Hoy en día, sin embargo, es muy frecuente crear una trama de peripecia dentro de la historia, e insertar en ella a los personajes de ficción que nunca pueden ser históricos —pues se piensa que con esta argucia el escritor no meterá la pata al cambiar, sin querer, el curso de la historia con su ficción—. Así, un novelista bisoño, de esos que han escrito cien novelas pero que por nadie han sido criticados, haría que el personaje central fuera el hijo del espolique de don Álvaro de Luna, por ejemplo, de esta manera no se pillaría las manos con sus invenciones. Pero no ha actuado así Álvarez Avello; por el contrario, ha tomado a los personajes históricos, los reales, y nos ha contado de ellos el lado oscuro, el que nunca se ve en los libros, los ha mezclado con los de ficción, imbricados los unos en los otros, y nos ha dado una visión de los hechos desde dentro mismo del huracán. Parece como si se hubiera hecho eco del grito de Fernando del Paso cuando decía: Los escritores tienen el derecho y el deber de asaltar la Historia.

En quinto lugar, porque la obra tiene de todo: componente lírico, profundidad estética, sexo moderado al estilo del amor cortés de la época, sentido del humor, sorpresas a cada página, gastronomía —se nota que al autor le gustan mucho los cocidos—, acción, y una profunda delicadeza estética basada en las imágenes continuas que genera. El narrador es, digamos, un viejo frente a un fuego,  capaz de convertir las llamas de su recuerdo en acción permanente en la mente del lector, incluso cuando filosofa sobre la fugacidad de la vida, que en un punto se es ida e acabada. Es decir, que la visualidad  es permanente, condición imprescindible —aunque no la única—, para que una novela pueda ser considerada hoy día como de vanguardia. Con tal cantidad de recursos literarios se mantiene el tono y la tensión narrativa, que no decae en ningún momento. En especial se hacen en la novela juegos malabares con la forma, sin que lleguen a resultar pedantes o superfluos, sino todo lo contrario; la técnica que se desparrama por aquí y por allá en la novela es como la cebolla en la tortilla de la abuela, tan picadita que ni se nota. En fin, se lleva al lector a un segundo mundo que trasciende lo cotidiano y logra emocionarlo. Con autores así aún hay esperanza para la literatura. ¿Cuándo se podrá entender que la forma es el todo en el arte de Calíope? Santander, a 1 de junio de 2017.

7 comentarios:

  1. Puedo decir que el comentario está a la altura de la novela. Y con ello digo mucho. Gracias por su lectura, es un orgullo compartir editorial con rafael que hace cierto aquel tópico de "gran escritor y mejor persona"

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Sí. Se trata de una de esas plumas que en nuestro empobrecido mundo literario juega en ligas cuyos partidos no se televisan. Sin embargo, en esos grupos minoritarios, en esas editoriales pequeñas y esforzadas, los historiadores de las letras del futuro podrán buscar -y sólo en tales rincones- a los grandes escritores del presente siglo XXI.

      Eliminar
  2. Sin duda un excelente comentario. Me ha despertado el gusanillo por conocer esa obra.

    ResponderEliminar
  3. Busca,Cristina;rebusca entre las piedras del desierto como hago yo; entre los innumerables pequeños... Los buenos escritores crecen entre la maleza y las bardas. No dudes en leer a Rafael pues escribne a fuego lento,como hacía Flaubert,como hace Fernando del Paso. Autores a los que nunca se les quemarán las lentejas.

    ResponderEliminar
  4. Busca,Cristina;rebusca entre las piedras del desierto como hago yo; entre los innumerables pequeños... Los buenos escritores crecen entre la maleza y las bardas. No dudes en leer a Rafael pues escribne a fuego lento,como hacía Flaubert,como hace Fernando del Paso. Autores a los que nunca se les quemarán las lentejas.

    ResponderEliminar
  5. Cielos, Javier! ¡¡No sé me había ocurrido leerte antes de escribir mi reseña!! Podría haber tomado ideas....lo cierto es que si lees mi reseña, en los puntos centrales coincidimos, no en balde pensaste que a mí me iba a gustar. Me ha encantado, y justamente por las razones que tú ofreces mucho mejor que yo en mi reseña...en fin, ojalá que nos lean y le lean, que es lo mejor que se le puede desear a un autor.

    ResponderEliminar
  6. Cierto, con tanto libro leído en común, algo se va pegando. Gracias por tu apoyo.


    ResponderEliminar