martes, 7 de febrero de 2017

SOLEDADES, LIBRO DE RELATOS DE SONIA GÓMEZ-SAIZ

         No se puede decir qué cosa sea más difícil: la de elaborar relatos breves y dirctos, o la de componer novelas complejas y largas. Es la misma diferencia que pude darse entre la poesía y la prosa. Son cosas muy diferentes. Dicen que el relato es la fotografía fija, mientras que la novela es un vídeo. En cualquier caso, en ambas artes, aparte de las diferencias, lo más importante es el dominio de la palabra y la capacidad expresiva del escritor, y en esto Sonia Gómez-Saiz es ya una hábil profesional. 

     En su último libro de relatos, Soledades, nos ofrece una colección de entrañables estampas de la vida cotidiana con un denominador común que su título anuncia, y que se concreta en la entradilla en la que se predica la soledad universal del ser humano: porque la soledad, con sus diferentes registros, acecha a todas las personas, vivas o no, gregarias o solitarias, de aquí o de allá. Este es el tema de este libro de relatos: la soledad subyacente descubierta y constatada a lo largo de todas sus páginas. Se trata de un tema recurrente en la literatura que, precisamente en estos momentos de crisis general del sistema, de las instituciones, y hasta de los pilares de la sociedad, cobra mayor relieve que en épocas anteriores. Dentro de algunos años, los estudiosos podrán comprobar que este concepto, un tanto nihilista, el llamado pesimismo vital/optimismo ontológico, es una constante en la literatura que en estos momentos se está gestando, no sólo en las letras hispanas, sino europeas en su conjunto.
         En este libro de relatos nos encontraremos con ancianos que dedican sus últimos días a sortear el abandondo, sutil muchas veces, de los más cercanos y de las instituciones; veremos reflejada la incomunicación en los transportes públicos; nos admiraremos con la visita en solitario de una bella ciudad en una embarcación que gorjea al arrimarse al puerto y contemplar las fachadas descoloridas a fuerza de esperar; se nos mostrará la inquietud de un artista sin medios que no tiene ni para pagarse la entrada del Guggenheim y su relación con una extraña mujer anciana; asistiremos a los sueños diurnos de una mujer agobiada que al final se encoge de hombros y decide que ya es hora de empezar a hacer las maletas; veremos, atónitos, la formación del fantasma de Marichu, porque, ¿quién sabe cómo se convierte un ser en fantasma?; miraremos por el agujero que Sonia nos abre, la vida privada de Asunta, la prostituta buena que no tiene inconveniente en yacer con un joven discapacitado, dos soledades que se juntan; escucharemos el monólogo de Rosana, tan sola que habla con una araña; contemplaremos los equilibrios anímicos de Lope, un joven esposo acosado por las vecinas que, sin embargo, no encuentra en su esposa el cariño que necesita; nos preguntaremos por lo que pueden sentir las madres ejemplares que organizan asociaciones de ayuda a los discapacitados, cuando son avasalladas por las instituciones; nos angustiaremos con el tímido aspirante en un casting para una serie televisiva; o con las evoluciones en el aire del albañil que cae del andamio y luego supera las graves lesiones producidas por el accidente, y, finalmente, asistiremos al portazo que una valiente aspirante a periodista da en las narices de un explotador que a su maldad añadía su condición de discapacitado.

En todas estos relatos, Sonia Gómez-Saiz nos ofrece la ocasión de entrar en unas vidas en las que reconocemos muchos aspectos de nuestras propias existencias, porque, ¿qué es la literatura, sino el arte que posibilita al lector la entrada en las casas de los demás para reconocerse a sí mismo? ¿Y en qué consiste el reconocimiento de uno mismo, sino en la constatación de la soledad como individuo, a la postre, rodeado de la bambolla social? Porque, como decía Orson Welles, citado por la autora, Estamos solos, vivimos solos y morimos solos. Sólo a través del amor y la amistad podemos hacernos la ilusión por un momento, de que no estamos solos.

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